Las avestruces de Villa de Leyva que en medio del goce se niegan a desaparecer

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Mi Bella Villa

A uno, de cuando en cuando, lo interpelan ciertas preguntas insomnes… Mientras escribo estas líneas, me pregunto si el distinguidísimo señor Andrés Díaz Venero de Leyva imaginó alguna vez que su villa iba a terminar convertida en tierra de avestruces. El caso es que hoy, a más de 400 años de su muerte, se yerguen sobre el arcilloso suelo de una granja ubicada a 177 kilómetros de la capital, las 96 figuras esbeltas de unas aves que se pavonean haciendo alarde de sus cuellos alargados y protuberantes caderas.

Ni Shaka, ni Melenik, ni Kessyah, ni Ashanti; en Villa de Leyva, los avestruces son bautizados con nombres como Ana, Tati, Simón, Lucas, Ronaldo y hasta Culimocho, ¡porque esto es Colombia, hijuemadre!

A las 12 del mediodía, la llegada de la tarde con su vaho de letargo sume a la granja en una especie de trance. A esa hora no llega nadie, salvo tres fulanos que aguardan expectantes el siguiente tour guiado. Entretanto, la cronista se adentra – en compañía de la joven veterinaria Diana Rey – en el espacio más sagrado que tiene el lugar: el santuario de reproducción.

Habrá advertido el lector, en la anterior oración, el uso del sustantivo ‘santuario’ para denominar un lugar en donde, palabras más, palabras menos, las aves más grandes del mundo copulan sin cesar, al mejor estilo de los conejos. Fíjese usted, sin embargo, que no es un uso caprichoso de la palabra, tratándose de una zona en donde la unión de cuerpos produce milagros, sobre todo en una granja que ya no es lo que era antes, y cuya mayor esperanza de subsistencia reposa en llegar al umbral de 300 animales para iniciar proceso de exportación.

El santuario (como llamaremos a la zona de reproducción de aquí en más) es un terreno baldío, retirado de las demás instalaciones que conforman la granja. Allí se erigen unos 10 corrales, integrados, cada uno, por un trío reproductor de dos hembras y un macho. Ante las damiselas en celo, Lucas, Ronaldo y otros avestruces cuello rojo (sementales por excelencia) despliegan con ímpetu su danza de cortejo. Simón, aunque de cuello rojo y en época de reproducción, yace abúlico en una esquina, disminuido por los vestigios de la impactación, una enfermedad que obstruye las vías intestinales del animal como consecuencia del estrés. La granja, como su animal, padece y resiste desde hace algún tiempo.

A finales de los 90 y comienzos de este siglo, la raticultura (como se le llama al negocio de la cría de avestruz) prometía convertirse en una industria próspera; incluso, algunos llegaron a denominarla como “el negocio de la gran gallina de los huevos de oro”, y así fue, durante un tiempo. La granja fue pionera en la crianza del colosal struthio camelus (más conocido como avestruz); allí echaron anclas los primeros 42 ejemplares que llegaron a Colombia, y se desarrolló el pie de cría para dotación de las 17 granjas que llegaron a existir en su momento a lo largo y ancho del país.

Para 2008, la granja de avestruces de Villa de Leyva ya había alumbrado a 700 aves, de las cuales más de 300 fueron destinadas para un sacrificio que terminó en óleos rejuvenecedores extraídos del cebo, plumas que llegaron a ornamentar las más exquisitas creaciones de moda del diseñador Hernán Zajar, cortes de carne riquísimos en omega 6, pestañas que derivaban en pinceles y miradas postizas, y una infinidad de productos más… Siguiendo los preceptos de la física de Antoine Lavoisier, en esta granja nada se perdía, todo se transformaba. Sin embargo, y como dice el adagio popular: de eso tan bueno no dan tanto; la inmadurez de una industria artesanal con limitaciones que apenas se edificaba llevó a que entidades como la Corporación Autónoma Regional pusieran trabas sobre la marcha del negocio (esto sin contar que, según la Investigación Nielsen de Mercados en Colombia, somos un país de pollíparos y carnívoros, en donde el pollo y la carne de res detentan un 77 % del volumen de venta de proteínas de origen animal).

Los organismos oficiales exigían la creación reglamentaria de una planta de sacrificio, una infraestructura que la granja, joven aún, no estaba en capacidad de costear. Hubo un tiempo en donde, cual caballo, el avestruz se podía montar, pero la ley de protección animal, severa e inexorable, se hizo aplicar.

Quedaron solos la granja y sus operarios, con un futuro por salvaguardar; es la historia de un negocio que lo tuvo todo y que, en últimas, quedó subordinado a la volatilidad del turismo, y a lo poco que ahora pueden aprovechar del animal. Solo cuatro pasaron a mejor vida en el transcurso del año pasado: una vez muertas, se procedió a desplumar y despellejar para mandar secar la piel, piel que hoy reposa sobre una estantería de la tienda de recuerdos, transfigurada, en un proceso de copia a Hermès, en un intento de la famosa cartera ‘Birkin Bag’.

En el santuario, a las 12:15 de la tarde todo sigue igual: machos polígamos desbordados de excitación, hembras deseosas dando la batalla contra la seducción. Mientras tanto, la veterinaria me advierte sobre el peligro latente que corro al haber entrado: cuando se trata de defender a sus hembras y proteger aquellos cascarones que contienen su descendencia, el macho reproductor se torna agresivo, dispuesto a picotear y a patear; su coz podría magullar incluso el cráneo de un león.

Diana relata que por cuestión de eficiencia en el proceso de incubación, en la granja de Villa de Leyva, el desarrollo de los embriones se maneja de manera artificial: las gallinas gigantes no empollan sus propios huevos, son madres desnaturalizadas, separadas de los mismos en el momento de la expulsión. Ante la belicosidad del macho, la recolecta de aquellos cascarones es toda una peripecia, en donde a falta de uno, se necesitan dos operarios, el que recupera los huevos, y el que distrae al semental amedrentándolo con lo único que puede generarle temor: alguna suerte de báculo que lo supere en altura.

Entre pasadizos simétricos y cercos de madera, transitábamos juntas; Diana, instruyéndome sobre avestruces; yo, con un oído en sus palabras y un ojo fisgón en busca de algún suceso extraordinario que pudiera servirme de eje para contar la presente crónica… Sucedió, entonces, lo impensable. ¡Que Dios bendiga la visión periférica! porque a través de ella, percibí el movimiento de una masa negra y amorfa a mi izquierda. Volteé la cabeza. Después de meses, Simón había vuelto, se disponía a realizar su coreografía sensual.

Al igual que Simón, la granja, el sitio que lo vio crecer, intenta volver a levantarse. En un comienzo, el lugar se daba el lujo de funcionar solo con la renta de los avestruces; hoy, después de la embestida que el país le dio al negocio, un toro de raza Brangus, dos vacas paticortas, dos emús, ocho llamas, nueve búfalos, catorce cabras y veintidós equinos entre ponis y caballos, conforman la recua que mora en aquel sitio.

Para rematar el cuadro ranchero, Don Alberto, propietario y cofundador de aquel establecimiento emplumado, sigue dando la lucha, y, como desde hace 15 años, en su restaurante se siguen leyendo rótulos como “Deguste aquí las más exquisitas empanadas de avestruz”. La diferencia, sin embargo, radica en que a presente, aquel cortijo pionero en la raticultura, a pesar de su abundancia en gigantes emplumados, se ve obligado a importar sus viandas desde el criadero del Valle, único del país respaldado para su sacrificio, ubicado a más de 400 kilómetros del fondeadero original.

A las 12:18 de la tarde, Tati sucumbe ante la seducción del macho. Femenina, se postra sobre el suelo. Simón hinca sus largas piernas porosas, y a las 12 y 20 de la tarde, corona empotrándose en Tati. Ante mis ojos atónitos por la ignorancia y fascinados por el morbo, comienza a desplegarse el espectáculo erótico; un número cargado de éxtasis, de vibraciones, de sonidos guturales.

La faena avanza, y aquellos individuos que en su momento fueron dos, pasan a convertirse en una única masa corpórea provista de dos cabezas, como Ortro, el canino de la mitología griega. De un montículo de plumas, brotan dos cuellos langarutos; se intercalan, se estremecen, se dilatan y oscilan.

Por mi cabeza ronda un único pensamiento: “Va la madre, los pájaros sí deben sentir placer”… A las 12:20 de la tarde, el coito culmina. Simón se retira bruscamente, exponiendo ante la cronista su curioso miembro en forma de L. Laisa, la otra hembra, juzga celosa desde un recóndito rincón del corral, con mirada resentida. En este punto, comienzo a entender que difícilmente habré de presenciar alguna función más exótica en lo que me resta de vida. La granja me contradice…

En ese lugar ocurren vainas raras. Las gallinas empollan huevos de faisán; las llamas entran en trabajo de parto a las 11 de la noche y cuentan con asistencia, ecografía, circo maroma y teatro; existe un cuarto de avestruces neonatos, aclimatado a temperatura ‘tibiecita’ de 33 grados; las gallinas gigantes, coprofílicas y solapadas, engullen sus heces de cuando en cuando. A las 6 de la mañana, Francisco, el operario, cepilla con dulzura el fino lanugo de Kafú, un viejo búfalo de nueve años. “¿No le da miedo ese animal tan grande?”, le pregunto.

“No’ombe, si Kafú es como un chihuahita, pero de una tonelada”, responde entre risas.

Cada día, al alba, Francisco baña a Kafú y acicala su pelo; proceso que le toma más de una hora, teniendo en cuenta las proporciones del animal. Siguiendo los planteamientos de Darwin, Kafú se adaptó a su entorno, al gélido clima de una villa ubicada a 2.149 metros sobre el nivel del mar, lo explica que a diferencia de un auténtico búfalo hindú, de su pellejo emerjan delgadas cerdas. Al igual que su búfalo, la granja intenta adaptarse; no la amenaza el frío, pero sí la potencial instalación de un zoológico exótico adyacente: ‘Moni’, la administradora, planea con detenimiento su retaliación, y espera sumar al paisaje de extravagancias otros fenómenos como burros enanos, cerdos enanos y hasta camellos jorobados.

A las 12:22 de la tarde, en el santuario, Tati se desdobla y se yergue sobre el arcilloso suelo de su corral. Rebosante de satisfacción, comienza a pavonearse haciendo alarde de su largo cuello y protuberantes caderas. Su fatua actitud, enervante y encantadora, crea a su alrededor una suerte de halo celestial… Son las dos de la tarde y la cronista, disponiéndose a partir, recuerda, como si Leandro Díaz la hubiese compuesto para aquellas enormes gallinas, le letra de La Diosa Coronada: Paso a contar lo siguiente, conozco diosa y rey querido, cuando el rey querido llega, de tarde a la serranía, hay que ponerle gallina rellena, que el rey es fino madre mía. Cuando la diosa mueve el caderaje, se pone el rey más engreído, y luego la mira con anhelo, y dice gracias le doy al cielo, que cante alegre la sabana, que tiene su diosa coronada.


*Estas notas hacen parte de un acuerdo entre Pulzo y la Universidad de la Sabana para publicar los mejores contenidos de la facultad de Comunicación Social y Periodismo. La responsabilidad de los contenidos aquí publicados es exclusivamente de la Universidad de la Sabana.

Tomado de Pulzo